Todos
los habitantes del pequeño pueblecito de las montañas estaban preparados para
la llegada del Señor Invierno Crudo y Duro. Según las predicciones de los
meteorólogos del pueblo, es decir, el tío Pancracio y sus colegas de dominó,
este año Invierno venía muy pero que muy exigente. Tendrían que darle toneladas
de la mejor madera talada de los frondosos hayedos de los alrededores,
infinitas historias de héroes legendarios contadas durante tardes interminables
al lado de la chimenea, exquisitas patatas asadas en los rescoldos del fuego
para merendar, cocidos rebosantes de tocino, chorizo y morcilla para conservar
el calor corporal, numerosas batallas de bolas de nieve dignas de recordar
durante años, nuevas piruetas ejecutadas sobre los patines en el lago helado,
algunas mañanas perezosas en la cama viendo caer los copos de nieve a través de
los cristales y otra serie de cosas que Don Invierno exigía siempre para
acercarse al pueblo.
Sin embargo, numerosos indicios hicieron
pensar a los lugareños que Pancracio y sus adláteres esta vez se habían
equivocado en sus predicciones: las cigüeñas, grullas, golondrinas, vencejos y
otras frioleras aves aún no habían emprendido sus vacaciones; las moscas y
mosquitos seguían revoloteando con su habitual pesadez; los animales dormilones
continuaban despiertos y lo que es peor, ni una sola noche la temperatura había
bajado de los cero grados.
Un día aciago, que figurará en los anales
de la historia, un telegrama llegó a nombre del señor alcalde. Decía así: "Queridos todos: por
fin mi sueño hecho realidad. Me ha tocado el gordo de la lotería, me he
comprado una casa en un paraíso tropical y aquí seguiré para siempre,
disfrutando del sol y de la suave brisa del mar. A partir de ahora mi hermano
Otoño se encargará de vosotros. Hará lo que pueda, aunque nunca podrá ser tan
extremo como yo. Os echaré de menos.
Siempre
vuestro:
Invierno
Crudo y Duro"
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