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miércoles, 6 de junio de 2018

TODAS LAS NOCHES MIRO AL CIELO



TODAS LAS NOCHES MIRO AL CIELO

    Mi amigo Ramón ha sido abducido por los extraterrestres. No sé cuándo ha podido suceder, aunque es posible que fuera aquel día nublado que fuimos a cazar lagartos al depósito. Ramón es mi mejor amigo desde hace unos meses cuando su padre llegó trasladado al cuartel. Al principio me caía bastante mal porque no se juntaba con los niños más pequeños que él, pero al final no le quedó más remedio porque todos los de su edad se marcharon. En realidad solo tiene tres años más que yo, o sea doce, pero quiere hacer como que tiene más. Nos hicimos amigos un día que yo llegué al cuartel con un lagarto enorme que había cazado en el depósito. Cuando lo saqué de la caja donde lo llevaba y lo cogí por detrás de la cabeza para que no me mordiera, todos los chavales me hicieron un corro y me preguntaban que dónde lo había cogido, que si me había costado mucho y algunos se atrevieron a pedirme que se lo dejara coger, pero yo les dije que de ninguna manera, que mi lagarto no se lo dejaba a nadie. Mi padre estaba de puertas ese día y cuando vio el alboroto que había a mi alrededor, se colocó el tricornio en la cabeza y me dijo que fuera. A mí mi padre sin tricornio ya me daba miedo, pero cuando se ponía el tricornio parecía que la cara le cambiaba y se ponía tan serio que no parecía ni mi padre. El caso es que me entró un canguelo de aúpa, pues me había dicho montones de veces que no quería que fuese al depósito a cazar lagartos, y mucho menos que los trajera a casa. Ramón debió de verme la cara de terror porque me dijo: dámelo, que yo te lo guardo, y sin pensármelo dos veces se lo di y fui a ver a mi padre. Cuando la tempestad había pasado, fui a buscar a Ramón a las eras y allí estaba, tumbado en la hierba seca al lado de la caja de zapatos donde había guardado el lagarto. A partir de este día nos convertimos en amigos inseparables. 
   Ramón es un poco cojo porque de pequeño tuvo una enfermedad que se llama polio y se quedó así para siempre, pero tuvo suerte porque podía haberse quedado paralítico del todo y entonces ya no hubiéramos podido ser amigos, porque los paralíticos, que yo sepa, no pueden ir con la silla de ruedas a cazar lagartos, hay demasiadas piedras en el camino y se atascaría todo el rato. A veces, cuando teníamos que correr, él se quedaba un poco para atrás pero cuando yo veía que había mucha distancia entre nosotros, me paraba y lo esperaba. Me sentaba en el suelo y le decía: ¡Venga cojo, que te la cojo! y me partía de risa,  pero Ramón no se enfadaba y me contestaba: ¡Vale manco, que te la arranco! y los dos nos moríamos de la risa. Bueno, Ramón me decía eso porque yo soy manco de verdad, pero de nacimiento. Tengo la mano izquierda doblada hacia abajo y por más esfuerzos que haga es imposible que la pueda poner derecha, y los dedos no los puedo mover, pero eso no me impide cazar más lagartos que Ramón que tiene las dos manos bien. Es un don que me ha dado Dios, poder cazar lagartos con una sola mano, y no sólo lagartos, también he cogido alguna culebra, ranas, sapos, un ratón...y una vez, eso sí, con un frasco de cristal, cacé un alacrán, pero cuando lo llevé a casa, mi padre me dijo que si era tonto, me dio una colleja, tiró el alacrán al suelo y le pegó un pisotón con las botas de campaña que lo dejó irreconocible. A mí casi se me saltan las lágrimas pero aguanté porque si mi padre me ve, me pega otra colleja.
   El caso es que el día que yo pienso que Ramón fue abducido, fue un día que hacía calor, pero había muchas nubes grises en el cielo. Cuando llegamos al depósito de agua, nos tumbamos como siempre un rato en la roca grande y plana que hay a la derecha del tanque y yo me quedé mirando una nube con una forma elíptica (esta palabra la he aprendido en proyecto U.F.O.) y muy grande que perfectamente podía haber tenido una nave extraterrestre camuflada entre ella. No sé por qué ese día como el sol no quemaba nos quedamos dormidos. Nos despertamos cuando unas gotitas de lluvia nos empezaron a caer en la cara y nos fuimos rápidamente a mi casa a merendar. Al llegar, una sorpresa nos estaba esperando: mi hermana mayor, la que vive con mi abuela, había llegado a pasar el verano como todos los años. Mi hermana mayor se llama Nieves, y yo la odio. Menos mal que vive con mi abuela en el pueblo, que está bastante lejos de donde vivimos mis padres y yo. Solo nos vemos en verano, en Navidad, y en Semana Santa. Mi hermana vive con mi abuela desde que se murió el abuelo. El caso es que Ramón nunca había visto a mi hermana y cuando ella le dio dos besos, a él se le puso la cara como un tomate de roja, sobre todo las orejas que las tenía un poco de soplillo. Cuando mi madre nos hizo el bocadillo de tortilla francesa y nos bajamos al patio a comerlo, Ramón me dijo que mi hermana era muy guapa. ¿Muy guapa? Le dije yo extrañado. A mí me parece normal y corriente. Además si la vieras cuando se pone de mala leche, que es bastante a menudo, no dirías lo mismo, le dije. Y es que mi hermana se transforma cuando está de mala leche. Yo procuro no estar cerca de ella porque cuando le parece me suelta una colleja y me llama imbécil, además como ella es tan obediente y tan estudiosa, a mi padre se le cae la baba con ella y siempre está diciéndome que si Nieves esto, que si Nieves lo otro, que a ver si tomas ejemplo de Nieves que saca muy buenas notas y no como tú que eres un bandarra...y otras cosas por el estilo.
   El caso es que desde ese día Ramón cambió. A veces le hablaba y parecía que no me escuchaba y tenía que repetir las cosas varias veces. De repente le dio por no querer ir a cazar lagartos y lo que le apetecía era que nos quedáramos en mi casa viendo la tele con mi hermana, o irnos a bañar al río, con mi hermana, o jugar a los juegos reunidos, con mi hermana...pero a mí lo que me apetecía era estar cuanto más lejos de mi hermana mejor.
     Por eso empecé a fijarme en la nuca de Ramón, para ver si tenía alguna señal extraña que le hubieran hecho los extraterrestres al llevarlo a su nave nodriza para explorarlo. Pero Ramón tiene mucho pelo y tan duro como el alambre y es muy difícil ver lo que hay debajo. También intentaba  fijarme en sus brazos, por si tenía pinchazos de agujas o algo así, o en la columna vertebral cuando íbamos al río. Intentaba hacerlo disimulando porque si nos estaban mirando y se daban cuenta de que yo lo sabía, igual venían a por mí también. Pero la evidencia definitiva (también lo he sacado de proyecto U.F.O.) la tuve cuando cazamos aquel lagarto tan grande que casi no cabía en la caja, lo llevamos a mi casa y lo escondimos debajo de la cama. Mi hermana nos vio y vino toda chula a ver lo que estábamos escondiendo. Yo le dije que se sentara, que se lo iba a enseñar, con la intención de gastarle una buena broma porque a mi hermana le aterrorizan los reptiles. Cuando se sentó en la cama, abrí la caja de cartón y le eché el bicharraco encima. Mi hermana pegó un grito y yo me empecé a reír como un loco mientras ella hacía aspavientos con las manos a la vez que se quedaba blanca como la pared. Ramón me miró a los ojos y me dijo: tú eres idiota Javier. Cogió el lagarto, lo tiró al suelo y le pegó un pisotón con las playeras que lo dejó tan espachurrado como el alacrán que pisó mi padre.
   Desde entonces no le he vuelto a hablar, y todas las noches miro al cielo a ver si vienen los extraterrestres y se lo llevan a su planeta.
                                                                                                       










                                                                                                       






domingo, 18 de febrero de 2018

CUENTO CHINO



CUENTO CHINO

   La chica que se había comprado unas bolas chinas tenía muchas ganas de llorar. No era nada extraño porque desde que era adolescente había llorado siempre mucho, pero hacía tiempo que ya no quería llorar más porque pensaba que no tenía motivos. Era guapa, o eso le decían muchos hombres y algunas mujeres,  tenía un trabajo que aunque no le gustaba demasiado le permitía leer mucho, que era una de las cosas que más le gustaban de este mundo, y sobre todo tenía una hijo bellísimo, hermosísimo y maravillosísimo, que aunque eran palabras que ella no utilizaba casi nunca, eran las más adecuadas para describirlo.
   La chica que había comprado las bolas chinas por internet, a la que vamos a llamar mujer a partir de ahora pues ya tiene 47 años aunque no los aparenta según muchos hombres y algunas mujeres, tiene un amigoamanteprofesor con el que se acuesta de vez en cuando porque a los dos les gusta así que , las bolas chinas se las ha comprado para fortalecer los músculos vaginales,  que ya tiene un poco fofos de haber tenido un hijo y porque tiene ya 47 años, y darle placer a su amanteamigoprofesor y a ella misma por qué no.
   La mujer, que a lo mejor si le gustan las bolas chinas se compra alguna otra cosa por internet porque quiere probarlo todo, antes pensaba que existía un príncipeazul en algún sitio para ella, pero hace mucho tiempo que sabe que eso es un cuento chino (como las bolas) y por eso cuando su profesoramigoamante le preguntó un día después de hacerelamorfollarojugar  que si era feliz, ella le contestó que pensaba que estaba pasando la mejor época de su vida porque había dejado de buscar lo que sabía que no existía y había encontrado lo que no estaba buscando, algo en lo que él había tenido mucho que ver, porque si no fuera por él, ella nunca podría estar escribiendo lo que está escribiendo ahora a pesar de que sabe que a él no le gusta este estilo (y ella le va  a hacer caso y no lo va a utilizar más) y si no fuera por él nunca habría leído y mucho menos entendido dequéhablamoscuandohablamosdeamor de Raymond Carver y otros relatos maravillosos de Cortázar y Quim Monzó que le han gustado mucho y que le están dando motivos para pensar en otras cosas aparte de por qué muchas veces tiene ganas de llorar.
   La mujer que ya ha probado las bolas chinas, y  no están mal pero tendrá que acostumbrarse, sabe que es posible que todavía pueda tener ganas de llorar algún día pero va a intentar no hacerlo y seguirá escuchando a su amigo y amante y profesor para poder entender de qué va el cuento Catedral de Carver, que se ha leído otra vez esta mañana y no ha conseguido entender. 



domingo, 7 de enero de 2018

EL PALITO GRIS



    Hoy, que en Aranjuez han caído los primeros copos de este año, me ha venido a la memoria este relato que escribí hace tiempo y que todavía no había publicado en el blog.

                                                         EL PALITO GRIS

     Grandes  copos de nieve van cayendo silenciosos sobre el cristal, donde permanecen un breve instante hasta que son retirados por el limpiaparabrisas. Blanca está entrando al pueblo por la "cuesta la varga", la entrada principal, pues se imagina que la otra, con la nevada, estará impracticable. Tendrá que recorrer todo el pueblo para llegar a la casa de su madre. Hace diez años que no viene, pero el tiempo parece haberse detenido en este rincón castellano. A su izquierda, las pozas donde las mujeres venían a lavar la ropa y de paso a enterarse de los últimos cotilleos del pueblo. Un poco más adelante, a la derecha, se abre el camino que lleva al cementerio donde  su madre venía todos los días a ver a su padre desde que murió. Debería girar a la izquierda, pero en lugar de eso siente la llamada de la iglesia y sigue recto. Hace muchos años que no pisa una, desde que se fue del pueblo. Casi sin darse cuenta se encuentra parada enfrente del gran portalón. Empuja pensando que encontrará resistencia pero la puerta se abre silenciosa. Avanza unos pasos y separa los grandes y pesados cortinajes rojos que separan el porche del interior. Un olor a incienso le hace recordar su niñez. Dirige su mano hacia la pila de agua bendita para mojar sus dedos y persignarse pero la retira como si le quemase cuando toca la fría piedra. La imagen de Santa Águeda, patrona del pueblo, le da la bienvenida ofreciéndole sus pechos cortados en una bandeja. San Sebastián la saluda también con el cuerpo atravesado por multitud de flechas clavadas en su cuerpo casi desnudo. No se oye a nadie. Los tacones de sus botas resuenan en el suelo de madera mientras se dirige hacia el altar. Desafiante, mira hacia el cristo crucificado que lo preside y sin arrodillarse, como hacía cuando era pequeña, continúa hasta la sacristía. El cuarto apenas ha cambiado después de tantos años, hay un mueble lleno de cajones que va de una pared a la otra. Enfrente, dos bancos de madera sin respaldo, los mismos que cuando ella iba allí.
    Blanquita está sentada entre su amiga Montse y su amiga Chus. Están en la hora de la catequesis porque este año tomarán la primera comunión. Don Felipe está hablando del octavo mandamiento. No robarás. Está citando un pasaje de la Biblia "vuestro oro y plata están enmohecidos; y su moho testificará contra vosotros, y devorará del todo vuestras carnes como fuego". Blanquita no entiende nada pero se imagina la carne comida por el fuego y siente miedo. Esa visión de las llamas le impide pensar en nada más hasta que Chus le pega un codazo en el costado. Don Felipe continua diciendo: “no es necesario que sea algo de mucho valor, el robo es pecado aunque sea de una cosa insignificante, y no vale con confesarse para ser perdonado, es necesario devolver siempre lo que se ha robado..." Blanquita piensa entonces en aquel día en que fueron a jugar a los "juegos reunidos" a casa de Merceditas. Había un juego que se jugaba con unos palitos del tamaño de un palillo de dientes, de color gris. Merceditas tenía muchos, y sin que se diera cuenta, Blanquita se guardó uno en el bolsillo del pantalón y se lo llevó a su casa. Ahora no puede pensar en otra cosa. Tiene que devolver el palito y luego confesarse, si no no podrá tomar la comunión y además irá de cabeza al infierno. Cuando salen de la catequesis Blanquita va directa a su casa. Le pregunta a su madre si cuando lavó el pantalón encontró algo en sus bolsillos. Ante su negativa, Blanquita va al cuarto donde está la pila de lavar y mira bien por todos los rincones. El palito no aparece.
   Blanca vuelve de nuevo sobre sus pasos y se dirige a la salida. Santa Brígida y San Blas la miran ahora. En la capilla que hay a su derecha está el confesionario. Una imagen descascarillada de la virgen la preside. Allí está Blanquita, arrodillada y llorando ante la rejilla. Dentro está Don Felipe. La niña, muy angustiada, ha ido a buscarlo al bar donde jugaba la partida. Don Felipe le ha dicho que lo espere en la iglesia, que irá enseguida. La niña respira aliviada y hace lo que le dice.
   La iglesia está vacía y Don Felipe ha cerrado por dentro para que nadie los moleste, dice. Blanquita le cuenta entre sollozos lo del palito: que no era su intención pero que ahora no lo encuentra y además Merceditas se ha ido con sus tíos a Francia y ya no tendrá manera de devolvérselo, aunque lo encuentre, y ahora no podrá tomar la comunión y su madre se enfadará mucho y además cuando se muera irá al infierno. Don Felipe le dice que no se preocupe, que hay otra manera de solucionarlo pero que no debe contárselo a nadie, porque él la cree y la va a ayudar. Blanquita respira aliviada y hace lo que le dice Don Felipe que para eso es cura y sabe perdonar los pecados. Rodea el confesionario, abre la puerta, entra, se arrodilla y hace todo lo que le dice Don Felipe hasta que al final le da la absolución.
    Blanca sale corriendo de la iglesia, se mete en el coche y se dirige a casa de su madre. La nieve continúa cayendo silenciosa y nadie la ve. Cuanto antes empiece, antes acabará de recoger las cosas que tengan algún valor y se volverá a la ciudad. La casa ya está vendida.
    Al abrir la puerta de la habitación de su madre, sus ojos se dirigen a la foto de comunión que hay encima de la cómoda. Blanquita está con sus amigas, todas vestidas de blanco, todas con un velo y con un rosario en las manos. Todas sonríen, excepto ella que tiene la mirada triste.


                                                                                                                               

domingo, 26 de noviembre de 2017

SONATA NÚMERO 6



SONATA Nº 6

   Fue Rufo, tío. Se había separado de mí unos metros y desde  lejos vi que escarbaba en la arena con mucho entusiasmo. Me acerqué corriendo pensando que podía ser algún animal muerto. Rufo come todo lo que pilla y después se pone enfermo, ya sabes. Pero cuando llegué a su lado lo que intentaba desenterrar era algo de madera. Alguna tabla traída por el mar, pensé, pero me picó la curiosidad y empecé a desenterrarla con cuidado. Ordené a Rufo que se estuviera quieto. El perro obedeció y se sentó aunque se notaba que hacía esfuerzos por contenerse. A medida que iba retirando la arena me iba dando la impresión de que no era un trozo de madera vieja, era una madera de esas nobles aunque no sabría decirte cual. Poco a poco lo fui desenterrando y resulta que era un violín, tío, ¿te lo puedes creer? Yo estaba estupefacto porque nunca había tenido uno en las manos. Mi cultura musical es nula pero pensé que tal vez podría limpiarlo y venderlo en el rastro, algo me darían por él. Tenía sus cuatro cuerdas y todo, en perfecto estado. Rufo empezó a ladrar entusiasmado y a dar vueltas alrededor de mí.
   Cuando llegué a casa lo limpié muy bien, ya sabes que yo soy muy meticuloso para algunas cosas y me propuse dejarlo como nuevo. Lo único que tuve que hacer fue quitarle bien los granitos de arena con un pincelito pero por lo demás estaba impecable. Me parecía increíble tío, porque con la humedad y la arena tendría que haber estado medio podrido.
   El caso es que me pasé toda la tarde con el dichoso violín y cada vez me gustaba más, incluso empecé a pensar que tal vez era un Stradivarius de esos y entonces me iba a forrar, porque yo había oído que esos violines eran los mejores del mundo y que valen un pastón.
   ¡Ah, tío! Se me había olvidado, al lado del violín había también una varilla, que no sé cómo se llama, pero que yo había visto alguna vez por la tele que sirve para raspar las cuerdas, me imagino que como si fuera la púa en una guitarra.
   Esa noche me fui a la cama pensando que tal vez había tenido un golpe de suerte por una vez en la vida y que mi situación iba a cambiar.
   A las tres de la mañana en punto, lo sé porque miré el reloj, me despertaron unos aullidos lastimeros que provenían del salón. Rufo estaba sentado delante del violín aullando bajito, con las orejas hacia atrás. ¿Se puede decir que un perro está hipnotizado? Porque eso es lo que me pareció a mí, tío, que estaba hipnotizado mirando al violín porque ni siquiera se inmutó cuando entré en el salón, ni me miró ni hizo ningún movimiento hacía mí. Si te digo la verdad, me dio un poco de yuyu y el vello se me puso de punta pero me hice el valiente y cogí el violín.
   No sé cómo explicártelo tío, el violín se encajó entre el cuello y el mentón, con la mano derecha cogí la varilla (ahora sé que se llama arco) y empecé a tocar como si lo hubiera hecho toda mi puta vida. Y no sé cómo pero yo sabía que lo que estaba tocando era la sonata nº 6 de Niccoló Paganini, yo, que sé quién es Mozart por la película esa tan famosa en la que el tío no para de reírse. Rufo dejó de aullar y me miraba sin mover un pelo. Yo no sabía lo que me pasaba pero mis dedos se movían a un ritmo vertiginoso (qué palabra tío, vertiginoso) y cuándo rascaba las cuerdas el sonido era lo más bello que yo había oído en mi vida. Me da vergüenza decir esa palabra, bello, porque creo que nunca la había utilizado, pero es la única que se me ocurre para describir la música que salía de aquel instrumento. Y de pronto me sentí como en otro sitio, tío, ya sé que es muy difícil de creer, pero te juro por mi madre que es verdad. Estaba en un teatro, en un escenario, ¡pero si yo en mi puta vida he pisado un teatro! Lo más parecido a un teatro que he visto es el cine Coliseo, en el que de vez en cuando se representaba alguna obra, pero yo nunca fui porque el teatro no me gusta. Y allí estaba yo, tío, en medio del escenario tocando el violín y con un montón de gente pendiente de mí, escuchándome. Y lo que es peor, y esto sí que no te lo vas a creer, yo estaba vestido de mujer, mejor dicho, yo era una mujer. No sé por qué lo sabía porque en realidad yo a mí mismo no me veía, pero lo sabía, igual que ahora sé que soy un hombre y no me hace falta mirarme al espejo para saber cómo soy. Era alta, rubia, llevaba el pelo recogido en un moño bajo y un vestido negro largo, con los hombros al descubierto.
   No sé cuánto tiempo estuve tocando pero cuando acabé estaba agotada, se lo notaba a ella y me lo notaba a mí mismo. La gente empezó a aplaudir entusiasmada y se levantaba y decían ¡bravo! ¡bravo! Y no paraban de aplaudir, y yo hacía inclinaciones con la cabeza y sentía un gozo indescriptible, lo siento tío pero me salen palabras muy cursis. Las lágrimas caían por mis mejillas sin poderlas contener, estaba como si me hubiera metido un chute de heroína, en las nubes. ¿A ti te parece que estoy loco?
   Ese violín era mágico, te lo digo yo. Ya sé que es muy difícil creer en estas cosas y más para un tío como tú, pero yo te digo que era mágico.
   Mi error fue decírselo al Dioni, ¿tú lo conoces? El Dioni es un colega que lo sabe casi todo o cree que lo sabe casi todo y no sé si será verdad pero el tío es muy vivo. ¡Ya te digo! Pero yo me fiaba de él y además necesitaba el dinero. Cuando se lo llevé al día siguiente me dijo que no valía nada, que era un violín normal y corriente y que como mucho me podía dar 30 euros. Yo intenté explicarle lo que me había pasado con él la noche anterior pero se rio en mi cara.   
   ¡Ay Tomasín! ¡Qué estás muy colgao! Tienes que dejar ya de fumar tantos porros que te están dejando sin neuronas, me dijo.
   Y cogí los 30 euros y me marché tan contento porque la verdad es que por la mañana y a plena luz del día a mí también me parecía que a lo mejor me lo había soñado todo.
   A trancas y barrancas seguí con mi vida, ya sabes, chapucillas por aquí y por allá. Hasta que un día vi una noticia en la tele. Decía que en una casa de subastas muy famosa habían vendido un violín Stradivarius por 6.500 euros. Por lo visto pertenecía a una violinista que se llamaba Givette Neven, que había muerto en 1949 en un accidente de avión en las islas Azores, que su último concierto había sido en el Royal Albert Hall de Londres en el que había interpretado la sonata nº 6 de Paganini y nunca había  aparecido su violín.
   ¿Y qué crees tú que pasó con el Dioni? Pues que no le volví a ver el pelo nunca más, me cago en la puta.
    Tomás se levanta de la silla donde estaba sentado en la gran sala de la residencia de ancianos. No hay nadie a su lado. Algunos  internos juegan al parchís o a las damas, otros ven la televisión. Se coloca en el centro de la sala y hace una reverencia, coge su violín imaginario y se dirige al público que abarrota el gran teatro y que guarda un silencio sepulcral.

   Para ustedes, la sonata nº 6 de Piccoló Paganini, y comienza a tocar.


miércoles, 16 de noviembre de 2016

PARECÍA TENER VIDA PROPIA





   Sigo haciendo limpieza del blog y rescatando relatos que participaron en Letra Digital de Uruguay en la iniciativa Octubre en LDU. En esta ocasión el relato es del año pasado.


PARECÍA TENER VIDA PROPIA
    Antes de abrir los ojos, Adriana ya sabía que algo no iba bien. Sentía su cuerpo diferente, pero pensó que podría ser efecto de la resaca. La noche anterior se había pasado con el alcohol y la nueva droga que estaba haciendo furor en el mundo de la noche. Vagamente, recordó haberse ido a casa de una chica que había conocido en un pub para lesbianas. Notaba un cuerpo caliente y pegajoso al lado del suyo. Poco a poco abrió los ojos temerosa de lo que iba a encontrarse. El cuerpo con el que compartía lecho no la asustó, lo que sí la asustó fue el suyo propio. Una mano grande y peluda parecía ser el final de su brazo. El corazón le dio un vuelco y encendió una pequeña lámpara que había en la mesilla. Miró su cuerpo desnudo y se horrorizó. Sin duda todavía estaba dormida porque lo que estaba viendo no podía ser verdad de ninguna manera, pero si no lo estaba del todo, en ese momento sus sentidos se despertaron de golpe, levantó las sábanas y observó unas piernas grandes y velludas que terminaban en unos enormes pies que no reconocía como suyos pero que se movieron con las órdenes de su cerebro. La pesadilla continuó cuando, atónita, vio como debajo de su prominente barriga también cubierta de espeso vello negro apareció un pene erecto. Al borde del ataque cardíaco tocó sus pechos para comprobar que su suave redondez  se había tornado en algo áspero y flácido. Un gritó intentó salir de su garganta pero consiguió retenerlo haciendo un enorme esfuerzo. El cuerpo de la mujer que estaba a su lado se volvió hacia ella permitiéndole verle el rostro. No tenía la más mínima idea de quién era, pero pensó que sería mejor no despertarla. Salió de la cama decidida a encontrar un espejo donde poder mirarse la cara. Había ropa tirada por el suelo de la habitación, reconoció la minifalda, la camisa negra y los zapatos de tacón que llevaba la noche anterior, pero era imposible que pudiera ponerse esa ropa ahora ya que su envergadura era casi el doble.
   Cuando se miró en el espejo del cuarto de baño su desolación fue total al comprobar que la cara que le devolvió el otro lado era la de un hombre o algo similar, con los ojos hundidos, las cejas grandes y pobladas, la mandíbula cuadrada y una barba espesa que casi le impedía ver una boca de labios finos. Las lágrimas empezaron a caer por su mejilla. Su cuerpo, antes femenino, voluptuoso, suave y estilizado, se había  convertido en el de un hombre que más parecía un mono dada la gran vellosidad que recubría todo su cuerpo.
   Esto había sucedido hacía tres semanas y hasta la fecha nada había cambiado. Cada mañana, cuando despertaba, Adriana se tocaba ansiosa entre las piernas con la esperanza de que esa parte de su cuerpo hubiera desaparecido pero no solo no lo había hecho sino que además parecía tener vida propia y la obligaba a cumplir con ciertas exigencias. Su miembro se despertaba duro y enhiesto como el mástil de una bandera y Adriana sentía una enorme ansiedad por liberar lo que llevaba dentro, acariciándose con frenesí hasta que el líquido blancuzco se derramaba sobre su mano. A veces, también sentía ese impulso incontrolable a otras horas y en otros lugares que la obligaban a buscar unos baños o algún rincón apartado para masturbarse. Había dejado de viajar en metro, porque la simple visión de algún cuerpo femenino tan cerca de ella que hasta podía oler el aroma de su sexo, la hacía excitarse de tal manera que tenía que bajarse inmediatamente pues una fuerza imparable que le nublaba la mente intentaba acercarla hacia ese cuerpo para apretar su miembro contra él y calmar así el  dolor que le producía la tremenda erección.
   Durante un tiempo fue capaz de dominarlo pero un día el deseo era tan grande y tan imposible de doblegar  que se acercó a una chica que estaba de pie sujeta a la barra del vagón y arrimó el bulto de su bragueta a sus nalgas enfundadas en unos tejanos. En ese momento sintió un ramalazo de placer en la boca del estómago, se acercó más a ella y empujó  aprovechando el movimiento del metro. La chica se dio cuenta y empezó a dar voces insultándola, siendo secundada por algunas personas que la increpaban y la obligaron a bajarse en la siguiente estación. No volvió a viajar en metro pero no olvidó esa sensación de su miembro duro empujando el culo de la mujer y esa imagen empezó a introducirse en su cabeza hasta el punto de que le impedía dormir y tenía que masturbarse hasta cuatro o cinco veces solo durante la noche, a lo que se sumaban otras tantas durante el día. Un sentimiento de rabia y de rechazo hacia un físico que le repugnaba y especialmente a ese apéndice que la tenía esclavizada, comenzó a apoderarse  de su mente pero era incapaz de resistirse al urgente deseo de masturbarse que la corroía por dentro. Había dejado de levantarse de la cama excepto para comer algo cuando el hambre, además de la constante excitación, devoraban su cuerpo. Pasados unos días, cuando la comida de su frigorífico se acabó e incapaz de salir de casa por temor a que su deseo compulsivo la obligase a hacer algo que no pudiera controlar,  ni siquiera se levantaba al baño para cubrir sus otras necesidades fisiológicas y su cuerpo permanecía tendido en una mezcla putrefacta de orines, semen y excrementos, mientras  ella se debatía entre las alucinaciones producidas por su estado febril y enajenado.
         Cuando Adriana, encerrada en un cuerpo de hombre que parecía vivir únicamente para satisfacer un deseo sexual que la imposibilitaba dejó de respirar, su miembro, lleno de llagas purulentas e infectadas, siguió desafiándola, permaneciendo erecto cuando  la policía, avisada por los vecinos del olor nauseabundo que salía del piso, echó la puerta abajo y entró en la habitación.



                    

martes, 8 de noviembre de 2016

MISTERIOS DOLOROSOS




   Haciendo limpieza de mi blog, me he encontrado con este relato publicado en el blog Letra Digital de Uruguay dentro de la iniciativa "Octubre en LDU". Este blog lleva inactivo mucho tiempo y no quisiera perder mi relato, por lo que he decidido publicarlo aquí. 
   
MISTERIOS DOLOROSOS

   Una mujer vestida de negro y una niña están sentadas alrededor de una mesa camilla. La mujer va pasando las cuentas de un rosario a la vez que recita los misterios y reza el avemaría. La niña, que tiene siete años, contesta distraída. Tiene las piernas tapadas con las faldillas para recibir el calor del brasero de cisco. Se oye silbar el viento afuera y las persianas chocan contra la ventana produciendo un ruido monótono y sordo. Una bombilla en el techo proyecta una luz mortecina sobre las dos mujeres.
   La niña, absorta en sus pensamientos, deja de rezar. La mujer, que es su abuela, la increpa airada.
   ―¡No dejes de rezar, que te está tentando el diablo!
   La niña, horrorizada, levanta las piernas y las sube al sillón mientras pega un grito y empieza a llorar.
   ―¡No quiero que me toque! ¡Me he portado bien! ¡Me he portado bien!
   ―Deja de llorar― le dice la abuela―. Si sigues rezando el diablo se marchará y te dejará tranquila. No te distraigas y sigue rezando. El diablo está siempre pendiente de nuestras debilidades por eso nunca debemos bajar la guardia ¿lo entiendes?
   ―Sí, contesta mientras se limpia las lágrimas con las manos.
   Cuando acaban de rezar, la abuela le prepara la cena consistente en una tortilla francesa y un cola-cao con galletas. En la televisión, en blanco y negro, están dando el parte pero al terminar empezará una película. La niña reza mentalmente para que la película tenga un solo rombo y su abuela la deje quedarse levantada un ratito más. Cuando los dos rombos que aparecen en la esquina superior de la pantalla indican que es para mayores de dieciocho años, la abuela mira a la niña y le dice:
   ―Venga Inesita, a la cama.
   Inés sabe que es inútil intentar convencer a su abuela así que se pone el pijama que previamente ha calentado junto al brasero. Duerme en la misma habitación que su tío Enrique que está siempre en la cama desde que tuvo el accidente y casi no se puede mover. Habla un poco pero no se le entiende nada y un hilo de baba le cuelga de forma continua del labio de abajo porque no puede cerrar bien la boca. A veces, un vecino viene a ayudar a la abuela a levantarlo hasta el sillón de la cocina para que vea un poco la tele. Ahora está dormido.
   Después de rezar un padrenuestro, dos avemarías y el “cuatro esquinitas tiene mi cama...”Inés se mete en la cama y se tapa con las mantas hasta la barbilla. La abuela apaga la luz y le dice:
   ―Recuerda, si el demonio te tienta y te hace tener malos pensamientos ponte a rezar agarrando fuerte el crucifijo y se irá. Es un crucifijo de plata que alguien le ha traído de Roma, bendecido por el Papa. Sirve también como abrecartas, pues acababa en una punta que se encaja en una piedra, simulando el monte donde crucificaron a Jesús. La niña se ha empeñado en que fuera ese y no otro el que le diera para meterlo debajo de la almohada. Es demasiado grande pero le gusta porque brilla mucho.
   Inés se despierta en medio de la noche y nota algo que se va acercando a su lado como la otra vez. Aterrorizada, empieza a rezar la letanía a la virgen: “Santa Virgen de las vírgenes, madre purísima, madre castísima, madre virginal, espejo de justicia, trono de sabiduría...” no quiere abrir los ojos para no ver la cara del diablo, porque está segura de que es él que viene a tentarla de nuevo. “Rosa mística, torre de David, torre de marfil, casa de oro, arca de la alianza...”Nota una respiración en su oreja y algo duro entre sus nalgas a la vez que una mano le toca ahí abajo. La niña sigue rezando con los ojos bien apretados y se hace un ovillo pero el diablo sigue ahí, tentándola. “Madre amable, madre admirable, madre del buen consejo, madre del creador, madre del salvador...”.Siente un líquido que se escurre por su oreja y una respiración  entrecortada a la vez que un olor fétido le llega a la nariz. De pronto se acuerda del crucifijo que está debajo de la almohada, mete la mano y la mueve hasta que lo encuentra, lo coge y haciendo un gran esfuerzo lo clava en lo que quiera que sea lo que tiene encima de su oreja a la vez que pega un grito.
   La luz se enciende de repente.  La abuela aparece en camisón y se queda paralizada en la puerta al contemplar a su hijo, con el crucifijo clavado en el cuello,  encima de su nieta.


lunes, 31 de octubre de 2016

HALLOBLOGWEEN 2016........................RELATO



      Como todos sabéis, este año Teresa Cameselle no ha podido llevar esta convocatoria y me ha cedido el testigo. Aquí  podéis consultar las normas para participar, si todavía no lo habéis hecho, y leer los relatos participantes. 
      Os dejo el mío.


   ¿Ha escuchado balar a las ovejas o solo ha sido un sueño?, se pregunta Clara cuando despierta de madrugada.  Echa un vistazo al corral por la ventana de la cocina pero no ve nada anormal. Hoy tiene que ir al mercado del pueblo. Hay dos horas de camino en bicicleta, pero no se queja, es el único divertimento que tiene cuando  su marido está en el monte con las ovejas y aún  sin niños a los que atender.
    El sol todavía no ha salido cuando pasa por el bosque. Escucha un ruido a la vez que  una sombra salta sobre ella tirándola de la bicicleta. Apenas le da tiempo a percatarse de que es un gran lobo gris con el hocico ensangrentado antes de desmayarse.
    Los rayos del sol sobre su cara la despiertan. Recuerda al lobo y se mira el cuerpo por si está herida pero solo un ligero dolor en sus partes íntimas le produce una molestia.
    Su marido le da la noticia cuando regresa por la noche a casa. El lobo ha matado seis ovejas. Clara calla  su encuentro de la mañana temerosa de que él no la deje volver al mercado.
   Nueve meses después, el parto se presenta sin avisar una noche de luna llena. No hay tiempo para  ir a buscar a la partera, las contracciones son muy fuertes y violentas. Tirada en el suelo, grita de dolor mientras Benito,  sin saber qué hacer, observa cómo algo entre las piernas abiertas de Clara se abre paso a dentelladas, rasgando, arañando, destrozando la carne de su amada mujer hasta que deja de gritar exangüe.  La  bestia gruñe y  le enseña los colmillos antes de correr hacia la noche por la puerta abierta, al tiempo que las ovejas, nerviosas, comienzan a balar.
   

martes, 11 de octubre de 2016

CASI PODRÍA TOCARLA



CASI PODRÍA TOCARLA

   La casa está tal y como la recordaba. Tan solo el polvo se acumula encima de la funda de plástico que protege el tapete de ganchillo sobre las faldillas verdes de la mesa camilla y las cuatro sillas repartidas por la habitación. Las telarañas proliferan en las esquinas de las paredes y entre la escasa loza que continúa colocada en la alacena. El suelo es de barro y tiene cierto desnivel que se inclina hacia el centro de la estancia, para nivelarse otra vez donde empieza la chimenea. El fuelle y las enormes tenazas cuelgan de un gancho de la pared. No puede evitar imaginarse a su abuela inclinada sobre la lumbre, sentada en la sillita baja, trasteando con la sartén apoyada en el trébede, en la que se fríen lentamente las patatas en manteca de cerdo que a ella tanto le gustaban. La mano izquierda colgando inútil del brazo siempre doblado y sin movilidad.
-¿Naciste así, abuela?, se oye decir en su evocación.
-No, Isabel, ya te he contado muchas veces que me caí de un burro y que me pisó el brazo, por eso me ha quedado así.
-¿Pero te duele, abuela?
-No, cariño, ya te he dicho que no me duele nada.
-¿Pero cuándo te caíste y el burro te pisó te dolió mucho, a que sí, abuela?
- Bueno, un poco sí, aunque yo soy muy fuerte y no lloré ni nada, para no darle una alegría al burro.
-¿Era un burro muy malo, abuela?
-Sí cariño, muy malo.
-¿Y por qué no te llevaron al hospital, abuela?
-Porque antes los hospitales estaban muy lejos, casi no había coches para ir y pensaron que se me curaría solo.
  La  mesa camilla está situada al lado de una ventana tan pequeña que apenas entra la luz y que queda a la altura de la calle. Isabel se recuerda sentada a esa misma camilla, en una silla de enea enfrente de su abuela. Por la calle pasa alguien que sin pararse da un pequeño toque al cristal de la ventana. ¡Ángeles, hasta mañana! Es posible que pasara todos los días a la misma hora y supiera que su abuela estaba siempre sentada a la ventana. No tenía otra cosa que hacer que sentir pasar las horas sentada al brasero de la camilla. No sabía leer y aunque supiera, no tendría libros donde hacerlo ni ojos con los que ver las letras, apenas podía distinguir sus propios dedos pegados a la nariz.  Para eso estaba su nieta, para leerle todos los días un ratito después de salir de la escuela. Le leía las aventuras de Los cinco y su abuela la escuchaba embobada. Desde que su marido la había abandonado hacía muchos años, sus horas transcurrían  en silencio, con sus recuerdos, o charlando sobre ellos con la gente que venía  a visitarla. Su única hija, se había ido a vivir a la otra punta del pueblo y aunque le había insistido en que se fuera a vivir con ella, su abuela siempre contestaba lo mismo: “ con los pies por delante me sacaréis de mi casa".
   Se pregunta cómo es posible que se pudiera vivir en estas condiciones. Sabe que tiene que ir a la parte de abajo para comprobar que todo sigue en pie, pero retrasa el momento. Solo recuerda haber bajado una vez y el recuerdo le produce ansiedad. La puerta siempre estaba cerrada y ella solo entraba para buscar un tronco de la leñera que estaba a la derecha, detrás de una cortina de tela. Sin embargo, aquello continuaba hacia abajo, muy abajo, inclinado como si fuera un tobogán con suelo de barro. Con cuidado abre la puerta que hace un profundo crujido, como si se fuera a resquebrajar en ese mismo momento, pero no lo hace. No hay ni el más mínimo resquicio de luz natural, así que enciende la linterna de su móvil y continúa bajando. A la izquierda hay una diminuta habitación también cerrada. Decide que la abrirá cuando vuelva a subir, si es que abajo no la recibe el mismísimo demonio en las puertas del infierno. El angosto pasillo se abre en una estancia que tiene otra chimenea. Según le había contado su madre, antes se hacía la vida aquí abajo y no acierta a comprender por qué. Hay una claraboya en el techo por donde entra algo de luz, pero incluso así todo está en penumbra.
    Se dirige hacia la chimenea cuando al intentar apagar la linterna del móvil este se escapa de su mano, hace un extraño malabarismo y va a parar a la esquina más alejada, entre la chimenea y la pared. Se agacha a buscarlo aunque no consigue verlo. Comienza a palpar con las dos manos porque está segura de que ha caído allí, pero es posible que al ser negro se confunda en la oscuridad. Cuando su mano está a punto de tocar la pared, nota, sorprendida, que no lo hace sino que la traspasa con una facilidad pasmosa. Alarga la mano un poco más pero no toca el móvil. A pesar de que el brazo está introducido casi  hasta el hombro, no llega a ningún tope. Lo mueve arriba y abajo para comprobar que el agujero es más grande de lo que parece. Acerca la cabeza y mira. Es una especie de túnel lo suficientemente grande para que quepa una persona delgadita como ella. Tiene que recuperar el móvil, así que no se lo piensa e introduce medio cuerpo. Está a punto de volver atrás temerosa de encontrarse alguna rata o algo similar cuando le parece distinguir a lo lejos una pequeña luz. Bueno, se dice, solo tienes que avanzar un poco más, coger el móvil y salir pitando de esta casa. Se arrastra otro poco y estira el brazo, casi puede tocarlo con los dedos cuando se da cuenta de que la luz no proviene del móvil. Hay una pequeña trampilla de madera y detrás se intuye luz natural. Ahora, con más curiosidad que miedo, decide que tiene que averiguar adónde lleva esa trampilla. Intenta orientarse y cree que puede ser una salida a la calle que hay detrás. Está justo en el medio cuando nota que el túnel se estrecha en torno a ella. Intenta retroceder pero se da cuenta de que no puede, a partir de la cadera para abajo la galería casi se pega a sus piernas. No le queda más remedio que seguir adelante. Cuando saca la cabeza, observa que está de nuevo en la chimenea, pero en la de arriba. Ve la camilla, las sillas, la alacena, aunque ahora todo está limpio y reluciente, sin una gota de polvo. El fuego está encendido y hay un puchero borboteante en un trébede, pero ella no nota el calor. Una  mujer joven está sentada  enfrente removiendo con una cuchara de palo. Parece ensimismada y canturrea bajito una canción. Es su abuela cuando era joven, la reconoce de la foto de la boda que tenía en la mesilla de su habitación.
   ¡Abuela, abuela!, la llama, pero no parece que la escuche ni que la vea. Se habría llevado un susto de muerte si fuera así, sin embargo, su abuela  continúa mirando el puchero.
    Consigue salir del túnel con dificultad y se queda de pie en medio del fuego, es como si fuera una figura virtual, o un holograma. No siente nada.
   Alguien entra de la calle vociferando y dando un portazo. Es un hombre y parece enfadado. Entra en la cocina un poco tambaleante, se nota que ha bebido. Lleva un traje de pana marrón y una gorra de visera en la cabeza. Es alto y muy fuerte. Reconoce a  su abuelo, al que ella nunca conoció.
   ¡Mujer!, dice su abuelo con una voz profunda y aguardentosa. ¿Todavía no está la comida en la mesa? ¿Qué has estado haciendo toda la puta mañana? ¡No eres más que una holgazana que ni siquiera puede darle de comer a su marido!
     La mujer intenta replicarle, pero él no atiende a razones y sin mediar palabra le pega una bofetada que la tumba al suelo. Trata de levantarse pero antes de que lo consiga recibe una patada en el estómago, y luego otra y otra. La última se la da en el brazo izquierdo. Se oye el hueso crujir y perforar la carne dejando el codo en un ángulo imposible.
        Desde donde está, Isabel intenta gritarle para que pare pero es inútil, no la ven, ni la oyen, ni la sienten.
   Su abuelo para por fin y camina vacilante hasta la silla situada delante del fuego, se sienta e inclina la cabeza sobre el pecho, murmurando algo que no consigue entender hasta que se queda en silencio, dormido. Mientras tanto, su abuela consigue levantarse con gestos de un dolor insufrible en su cara, el brazo roto pegado a su cuerpo. Con la mano derecha descuelga las tenazas del gancho de la chimenea y le asesta varios golpes en la cabeza al hombre sentado en la silla. Está poseída por una rabia posiblemente contenida durante mucho tiempo y no para de dar golpes hasta que el hombre cae al suelo con la cabeza  llena de sangre.
    Isabel contempla la escena horrorizada y por un momento no sabe cómo reaccionar. No puede hacer nada, así que decide volver al túnel e intentar olvidar lo que ha visto. En el pueblo siempre hubo rumores de que su abuelo se había marchado con otra mujer y nunca se le había vuelto a ver. Ahora ella sabe toda la verdad de lo ocurrido. Mientras recorre el túnel en sentido inverso con la esperanza de volver a su realidad, piensa en la poderosa conexión que siempre ha tenido con su abuela incluso después de su muerte y cómo, en algunas ocasiones, la ha sentido tan cerca que se imaginaba que si alargaba la mano, podría tocarla.



lunes, 11 de julio de 2016

LA CORREDORA




La lluvia suave, que no para de caer desde hace días, amortigua el ruido de las pisadas en el asfalto de la noche. La ciudad duerme, apenas unas cuantas luces encendidas en algunas ventanas dispersas. El marido de Laura también duerme ayudado por el somnífero que ella disuelve cada noche en las cervezas que le sirve cuando llega a casa, muy poquito en cada una de ellas, para que no lo note. Laura apenas duerme, unas cuantas horas al día le bastan para que su organismo se recupere. En cambio necesita correr, su cuerpo se lo pide para mantener a raya la angustia, el pánico que la atenaza cada día cuando oye la llave en la cerradura.
    El agua fría le empapa el pelo y le resbala por la cara mientras corre con un ritmo lento. La  hace sentirse limpia y le alivia el dolor del golpe que tiene en el pómulo derecho y que al día siguiente le producirá otro morado más que añadir a la lista.
   Al doblar la esquina de la calle Constitución con Parlamento una espesa niebla la sorprende de pronto  y la obliga a bajar el ritmo. La lluvia deja de caer y la blanca humedad la envuelve por completo. Un resplandor lechoso la deslumbra y la hace tropezar con un obstáculo que no consigue identificar cayendo al suelo sobre una sustancia pegajosa que parece miel. Tiene el color y la consistencia de la miel de flores pero no lo es. Desprende un olor a cloaca y podredumbre que llega a su nariz y la inunda por completo. No puede soportarlo. Intenta levantarse pero resbala una y otra vez embadurnándose más de la pegajosa melaza hasta que sus manos consiguen asirse a un pequeño arbolito en el que no había reparado. El árbol es tan delgado que se dobla con el peso de Laura amenazando con partirse, pero poco a poco va afianzando sus pies hasta salir de la dulce trampa. Está desorientada y no consigue distinguir nada. Camina hacia adelante muy despacio con los brazos extendidos hasta que sus manos tocan una pared y  continúa pegada a ella hasta que llega a una esquina. La niebla se disipa tal y como apareció. Reconoce el edificio de correos de la Gran Vía y se siente confusa, está muy lejos de su casa. Comienza a correr de nuevo hacia abajo.  Es la avenida más grande de la ciudad y desemboca en la playa. Mientras corre, va recuperando la serenidad que produce en su mente la liberación de endorfinas. Vuelve a llover pero no con la suficiente intensidad como para desprenderse de la asquerosidad que le emplasta el pelo, la cara,  la ropa y las manos. Se quita el chubasquero, le da la vuelta y se lo pasa por la cara y el pelo intentando arrastrar la pestilente pringosidad pero solo consigue untarse más. Para un momento y se quita también las mallas intentando llevarse con ellas el pringue de las zapatillas.  
   Continúa corriendo pero algo en el ambiente ha cambiado. Ya no llueve, las gotas de agua se han transformado en una especie de pétalos blancos que se disuelven al contacto con su piel caliente. Mira hacia arriba y queda fascinada por el espectáculo.  Es la primera vez que ve nevar. En su país nunca nieva. Los grandes copos caen con suavidad como si fueran pequeñas plumas blancas. Se tumba en el suelo y mira hacia arriba embobada por los blancos tirabuzones que revolotean suspendidos a la luz de las farolas antes de caer al suelo o sobre su cuerpo. Los primeros copos se deshacen al contacto con su piel, pero cada vez son más grandes y se van acumulando encima de ella y a su alrededor. Embobada con el fenómeno no se da cuenta de que la nieve la está cubriendo hasta que comienza a sentir frío, pero ya es tarde. La frialdad se introduce por los poros de su piel y llega a su corazón que va dejando de latir y de bombear sangre a sus miembros entumecidos. La tentación  de dejarse llevar por la sensación embriagadora que la inunda es muy fuerte  pero su impulso por correr lo es más. Correr es toda su vida. Por su mente pasan  imágenes de las carreras en las que participaba en su país, de la euforia después del triunfo, de libertad, de superación, todo lo que dejó atrás por amor a un hombre que ya no sabe en qué se ha convertido. Lucha por superar el letargo en el que está sumiéndose, mueve una pierna y después la otra, se apoya en las manos, se levanta  y se sacude toda la nieve que tiene encima. Tiene los músculos muy fríos y los primeros pasos son tambaleantes pero a los pocos minutos ya ha vuelto a recuperar el ritmo. Todavía le quedan restos de miel en el pelo y en la cara. A lo lejos se divisa el oscuro océano con las lucecitas de los barcos de pescadores. Un suave olor a mar le va llegando hasta su nariz mientras aumenta el ritmo de la carrera. Su corazón ha despertado y bombea la energía a todos sus músculos. Su meta no está lejos.
  Cuando llega a la playa se mete en el agua y se agacha a recoger  la arena del fondo con la que se restriega el pelo, la cara y las manos eliminando por fin la melaza de su piel mientras por el este unos tímidos rayos de sol hacen su aparición.                             




martes, 1 de marzo de 2016

INTRUSOS



                                                    
    La sopa casi se le atraganta cuando vio la imagen de un retrato robot, facilitado por la policía, ocupando toda la pantalla del televisor. Una de las víctimas había conseguido quitarle el pasamontañas al violador que estaba causando alarma en la ciudad desde hacía varios meses. Cejas pobladas y rectas sobre unos ojos pequeños y oscuros, nariz grande y achatada y boca de labios carnosos en una cara con mandíbula cuadrada. La cabeza coronada por una espesa mata de pelo negro, corto y peinado en punta. Era la misma imagen que el espejo le devolvía a Tomás cada mañana cuando se afeitaba.
    La presentadora continuó hablando del perfil que la víctima había facilitado a la policía: complexión fuerte, aproximadamente 1,80 de estatura y la voz demasiado aguda para ser un hombre. Tomás ya no escuchaba porque su cabeza había empezado a darle vueltas como si fuera una hoja en medio de un tornado.
    No acabó la sopa. Se acercó a su mesa de trabajo y buscó en internet toda la información sobre las violaciones. En el transcurso de tres meses, el violador había cometido un total de cuatro violaciones y un intento fallido. Actuaba siempre cuando las mujeres entraban en el portal a altas horas de la madrugada, las abordaba cuando se disponían a coger el ascensor, adormeciéndolas con una mezcla de éter etílico y cloroformo que aplicaba a su nariz con un pañuelo. En todas las ocasiones llevaba la cabeza cubierta por un pasamontañas. Su última víctima se encontraba acatarrada por lo que la droga tardó más en hacerle efecto. Esos segundos fueron suficientes para que pudiera quitarle el pasamontañas y ver su cara. Esa fue la información que Tomás logró averiguar consultando todas las fuentes disponibles en internet.
   Necesitaba saber más. En el fondo de su mente empezaba a formarse una pequeña nubecilla en forma de duda. Necesitaba acceder a los informes de la policía y averiguar los detalles. Le costaría unas horas romper las medidas de seguridad de su sistema informático. Se sentía capacitado, su gran predisposición y afición a la informática tendrían que servirle de algo. Tardó menos de lo que pensaba en acceder a la información. Consiguió los días y las horas en las que se habían producido todas las violaciones además de las fotografías de las víctimas. No había huellas digitales, ni restos de fluidos, ni ADN...la única pista a seguir era el retrato robot.
    Intentó recordar. La medicación que tomaba para su trastorno bipolar le producía episodios de amnesia. Vivía solo. No tenía familia ni amigos con los que relacionarse fuera de las redes sociales. Tampoco tenía pareja, no la necesitaba. La mayor parte del día lo pasaba delante del ordenador como desarrollador de aplicaciones de escritorio. Aunque ganaba algo de dinero, no le bastaba para vivir por lo que tenía que trabajar media jornada, de ocho a doce de la noche, limpiando un pequeño laboratorio de productos químicos.
    La fragmentada secuencia de un encuentro sexual le vino en un pequeño destello que no conseguía concretar. No veía la cara de la mujer, solo un cuerpo y su miembro introduciéndose en él. La pequeña nube de la duda se estaba haciendo más grande cada vez. ¿Dónde estaba él los días y las horas en que ocurrieron los hechos? No era capaz de recordarlo. Dormía muy poco y de forma muy descontrolada. A veces se despertaba de madrugada y se iba a correr, otras se ponía a chatear por internet o a jugar a juegos de rol y FPS.
    Volvió a sentarse de nuevo al ordenador. Se sentía nervioso y hasta ahora no había parado de dar vueltas por la habitación, intentando recordar. Las imágenes se mezclaban en su mente, inconexas. Veía un ascensor, pero en el caos de su memoria podía ser cualquiera. Comprobó que a las horas de las agresiones no se encontraba conectado al ordenador pero eso no significaba que hubiera violado a nadie. A veces, cuando salía de trabajar se tomaba una copa en algún club solitario donde contrataba los servicios de alguna prostituta.
    Una imagen con un pasamontañas negro se introdujo en su mente en ese momento, se asustó. Podía tener fantasías como todo el mundo... ¿o no? No sabía qué pensar. Su maldita enfermedad a veces lo llevaba a episodios maníacos que no conseguía recordar. Se consideraba una buena persona, no quería hacer daño, a pesar de que en alguna ocasión involuntariamente lo había hecho.  ¿Debería ir a la policía y entregarse? ¿Y si había sido él realmente? No soportaría entrar en la cárcel y mucho menos su propia conciencia por haber cometido un acto de ese tipo. Se estaba volviendo loco. Recorría la habitación de un lado a otro con pasos rápidos, tirándose del pelo como si así fuera capaz de recordar qué hizo aquellas noches. Su cara estaba desencajada por el esfuerzo, las gotas de sudor le resbalaban por la frente, el corazón le latía desbocado, se sentaba y volvía a levantarse como si tuviera un muelle.
    Otra imagen cogiendo dos productos en la estantería del laboratorio le cruzó por la cabeza como un relámpago. La desesperación le impedía pensar con claridad. Las caras, con los ojos cerrados, de las cuatro mujeres violadas lo atacaron a traición metiéndose en su cabeza. Esa fue la prueba definitiva para él, la angustia que le provocaron estos intrusivos recuerdos posiblemente inducidos por él mismo, le hicieron saltar desde la ventana. Falleció en el acto.

  Una semana después, la policía detuvo al violador del ascensor. Su descripción coincidía en todo con el retrato robot, pero eso Tomás nunca lo sabría.

lunes, 18 de enero de 2016

GARRA


¡ATENCION! Este relato contiene spoiler de la quinta temporada de Juego de Tronos


    La noche ha sido agotadora. Marina regresa a su casa después del turno de noche en el hospital. Se cruza con él en las escaleras mecánicas de la estación de Sol. Parece ser el único que no tiene prisa entre la vorágine que se forma a esas horas de la mañana de un día laborable. Lo ve desde arriba. Cuando ella da el primer paso para poner el pie en la escalera de bajada, él a su vez adelanta el suyo para ponerlo en la de subida. En ese momento sus miradas se cruzan. Si hubiera sido una película, todo lo que había a su alrededor se habría difuminado hasta casi desaparecer, habría discurrido en cámara lenta y se habría centrado en ellos dos manteniéndose la mirada, la música habría empezado a sonar y todos pensaríamos que aquí estaría la historia de amor. Sin embargo, Marina no le mantiene la mirada ni un segundo porque lo que le llama la atención es la gran espada que lleva el hombre. Se imagina que irá a la Puerta del Sol para formar parte de las numerosas estatuas vivientes. Va vestido de negro con una capa corta con cuello de largas pieles, así que tal vez se convierta en Jon Nieve ahora que la serie está causando furor.
    Cuando llega a casa, su hijo ya se ha ido al instituto. Le ha dejado una nota sujeta con un imán a la nevera: " recuerda, lo prometiste”. Una gran sonrisa se dibuja en su cara mientras la lee, anticipando el momento en que se pondrán a ver el penúltimo capítulo de Juego de Tronos. Se prepara un cortado descafeinado y lo toma muy despacio, saboreándolo, ya ha desayunado en el hospital así que esto es solo un pequeño placer de los permitidos.
    Sus últimos pensamientos antes de caer en un profundo sueño no son para su hijo sino para Rebeca, la niña de su misma edad que se debate entre la burocracia que la mantiene anclada a una vida artificial, como una muerta en vida.
    La comida está en la mesa cuando Héctor regresa del instituto. Después de terminar y recoger la cocina se sientan los dos en el sofá. Es el momento favorito para ambos. La batalla de Casa Austera es una de las mejores escenas de toda la serie. Los caminantes blancos, que en realidad son muertos vivientes, consiguen acabar con casi todos los habitantes del poblado y el caos y la destrucción se apoderan de Casa Austera. Jon Nieve pierde el Vidriagón, la piedra de obsidiana que es la única capaz de matar a los espectros, pero a punto de morir descubre que Garra, su espada de acero varylio también puede matarlos. La última escena consigue erizar todos los pelos del cuerpo. El que parece ser el jefe de los caminantes blancos, con su mirada gélida de color azul fija en Jon Nieve, consigue con un solo gesto de sus manos, que todos los salvajes muertos revivan, pasando a formar parte de su ejército de muerte.
    Cuando acaba el episodio, Héctor suelta la respiración que tenía contenida. Tras unos instantes le pide a su madre ver el último capítulo pero Marina es tajante: el último capítulo para mañana, dice, tú tienes que hacer deberes y yo tengo que preparar las cosas para irme a trabajar.
   La habitación está a media luz, el pequeño cuerpo de Rebeca permanece conectado a una maraña de tubos y cables indescifrables para alguien ajeno a la profesión. Por un momento se ve tentada de cortar la conexión, de aliviar el sufrimiento innecesario para tantas personas pero finalmente solo cambia el gotero. La madre de Rebeca, que duerme desde hace casi un año en la cama contigua, abre los ojos sobresaltada y los vuelve a cerrar cuando reconoce a Marina.
    Esta vez se cruza con el hombre de la espada en la gran explanada que hay delante del hospital, a la altura de la fuente. A esa hora empiezan las consultas externas y hay mucha gente en los alrededores, sin embargo, nadie repara en él, nadie se vuelve a mirarlo. Solo ella lo mira a la cara. Tiene el pelo negro y rizado como Jon Nieve pero sus ojos son azules, muy azules. Está muy lejos de la Puerta del Sol así que descarta la idea de la estatua viviente. Bueno, piensa, tal vez vive por aquí y ha vuelto a su casa a buscar algo. Se sorprende de cómo su mente empieza a divagar. Él le ha mantenido la mirada por una décima de segundo.
    Al llegar a casa repite los mismos actos que ayer, lo único que cambia es la nota de la nevera. Hoy es uno de color rosa, ¡Qué nervios!, ha escrito Héctor con rotulador negro y letras grandes entre admiraciones y ella ya sabe que se refiere al último capítulo de la serie.
    Mientras Jon Nieve muere asesinado por sus propios hombres, Marina mira de reojo a su hijo. Ve cómo su cara se transforma en una mueca de estupefacción, sus ojos brillan y una lágrima resbala por su cara. Era su personaje favorito. ¡No me lo puedo creer!, exclama. ¡Cómo es posible que se lo hayan cargado si es el mejor personaje de la serie! ¡No puede ser! dice verdaderamente afectado.

    Esa noche, cuando entra en la habitación de Rebeca no se sorprende de lo que ve. Jon Nieve está a la cabecera de la cama, con una rodilla en tierra y la espada de acero varylio, que puede matar a los ya muertos, en posición vertical apoyada en su frente. Todos los aparatos están desconectados y el silencio reina en la habitación Los padres de Rebeca están junto a él al lado de la cama, pero no lo ven. Se sienten aliviados de que por fin la maldita burocracia haya permitido a su hija una muerte digna. Marina mira a Jon Nieve por última vez mientras este levanta la cabeza y le mantiene la mirada, ahora sí, con sus ojos negros, mientras su imagen se va desvaneciendo hasta desaparecer.